Cuadros

Paleta

El método de los lugares o método loci (véase La pastilla verde, capítulo 3, pág. 33) es un sistema muy versátil que admite multitud de posibilidades: cualquier sucesión ordenada de elementos que conozcamos bien puede hacer la función de ruta o itinerario.

Una modalidad hoy desconocida, pero que en otras épocas fue común, consiste sencillamente en aprovechar un cuadro o pintura como base para nuestro método loci: el único requisito es que se trate de un cuadro que nos guste, que nos apasione y que, en definitiva, conozcamos «de memoria».

El primer paso consiste en definir una ruta a través del cuadro, de tal modo que los distintos detalles de la pintura ejerzan de «lugares». Pero, ¡importante!: esta ruta no puede establecerse al azar o ir en zig-zag, ha de seguir un estricto orden.

Pongamos un ejemplo sencillo. Tomando como base la famosa Gioconda de Leonardo da Vinci, diseñemos ruta muy simple: una línea vertical, más o menos centrada, de arriba a bajo. Así, nuestra ruta estará formada por los siguientes lugares: velo, ojos, nariz, sonrisa, vestido, manos, silla.

Gioconda

Cuando tengamos que memorizar una serie de elementos A, B, C, etc. asociaremos cada uno de estos elementos con su correspondiente lugar o elemento del cuadro: A con el velo, B con los ojos, C con la nariz, etc.

De este modo, cuando queramos recordar la serie de datos, con la mente puesta en el cuadro recorremos los lugares señalados para que cada elemento nos evoque el dato asociado.

Según el motivo de la pintura podemos elegir una o dos líneas; bien en vertical, horizontal o diagonal. O, en vez de una recta, seguir una línea curva; o trazar un triángulo, o un círculo, incluso una espiral. Lo importante es establecer una guía que nos conduzca de forma ordenada por los distintos lugares del cuadro.

Pero si no encontramos esa guía de forma evidente y clara, una alternativa consiste en cuadricular el cuadro y aprovechar algún elemento destacado de cada cuadrícula:

Gioconda

En este caso, leyendo de izquierda a derecha y de arriba a bajo, la ruta transcurre por estos lugares: montañas, rostro, lago; camino, pecho, puente; manga, manos, silla.

Quizás para un profano todo esto no resulte de mucho interés, pero un apasionado de la pintura puede ver decenas de detalles en un cuadro y trazar, no una, sino varias rutas que enumeren una cantidad significativa de lugares, por lo que este sistema puede realmente dar mucho de sí.

Hoy en día, como decía al principio, es un modelo del método loci ignorado –no conozco autor moderno o contemporáneo que lo explique–, sin embargo, durante la edad media no resultaba extraño.

Las pinturas que adornaban las paredes de iglesias y lugares de culto no solo tenían un propósito decorativo o didáctico, también servían para el sacerdote instruido de base mnemotécnica; asociando a cada elemento de la pintura un punto de su sermón, podía después reconstruir la prédica, seguro de no olvidar nada, simplemente mirando el arte que le rodeaba (indicios de estas prácticas encontramos, por ejemplo, en un manual para predicadores del siglo XIV, el Ars praedicandi populo de Eiximenis).

Antiguas pinturas, láminas, grabados, tapices, etc. seguramente guardaban más sabiduría de la que hoy nosotros podemos ver.

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