Efecto Kennedy

 

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Si te preguntasen quién fue la primera persona a la que estrechaste la mano, seguramente tendrías que ponerte a pensar… y aun así no sabrías dar una respuesta cierta; es algo que ocurrió hace mucho tiempo y, además, desde entonces has estrechado la mano de muchas personas, ¡cómo para acordarse quien fue la primera!

Sin embargo, si te preguntasen quien fue la chica o chico a quien diste tu primer beso enamorado… de eso seguro que sí te acuerdas, por más tiempo que haya transcurrido. Es más, seguramente recordarás el lugar, si era de día o de noche, si hacía frío o calor, etc. ¿Por qué de esto te acuerdas y de lo anterior no?

La razón es muy simple: el primer beso fue algo muy emotivo, los sentimientos estaban a flor de piel, y eso hizo que aquel momento quedara profundamente grabado en tu memoria.

Por eso, cuando imaginamos alguna aventura con el propósito de recordar un dato, debemos procurar que esa aventura nos provoque alguna emoción, que «conmueva nuestro espíritu», porque de esa forma se recordará con más facilidad (véase La pastilla verde, capítulo 2, pág. 28).

Esto es lo que algunos autores norteamericanos denominaron «Efecto Kennedy» cuando se percataron de que la mayoría de personas, cuando les preguntaban dónde estaban tal día -un día lejano- la mayoría no sabía responder, pero si les preguntaban dónde estaban cuando asesinaron a Kennedy, todos podían dar una respuesta correcta: «yo estaba de viaje y me enteré al entrar a repostar gasolina en tal pueblo», o «yo estaba tomando una cerveza con Menganito en tal bar cuando dieron la noticia por la tele», etc.

En Estados Unidos, el asesinato del presidente Kennedy fue una conmoción nacional, afectó emocionalmente a muchas personas y esos sentimientos de pérdida, asombro, etc. hizo que el momento quedase firmemente grabado en sus memorias. Por cierto, actualmente se ha sustituido el nombre y se habla más bien del «Efecto 11-S», en referencia al derrumbe de las torres gemelas en Nueva York (Flashbulb memory el nombre oficial acuñado por los autores del estudio, Brown y Lulik, en 1977).

Esto pone de manifiesto la ventaja o conveniencia de dotar a nuestras imágenes de cierta carga emotiva. Veamos un simple ejemplo:

Llegas a casa y dejas las llaves sobre la mesita al lado del sofá. Para acordarte de dónde estás dejando las llaves vas a imaginar una pequeña aventura, pero una ventura que resulte emotiva.

Por ejemplo, hoy tienes un día tonto, estás muy sensible, así que imaginas como de un salto sube sobre la mesita un gatito muy tierno y empiezas a jugar con él enseñándole las llaves: las mueves, el gatito intenta cogerlas con la pata, etc.

O, por el contrario, llegas a casa todo estresado y no piensas más que en coger la ametralladora del videojuego y empezar a matar a todo bicho viviente, así que antes de soltar las llaves golpeas con ellas la mesita repetidamente, simulando una ráfaga de ametralladora ta-ta-ta-ta-ta…

¿Dónde están las llaves? Al pensar en las llaves, la ternura del pequeño gatito con el que jugabas –subido sobre la mesita al lado del sofá– o la descarga de adrenalina simulando la ametralladora –ta-ta-ta-ta-ta sobre la mesita al lado del sofá– indicarán claramente dónde están las llaves: sobre la mesita al lado del sofá.

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