¡Escriba!

¡Escriba!

Muchas personas se acercan al mundo de las técnicas de memorización buscando, no una estrategia para aprender a memorizar, sino un ejercicio para mejorar o mantener la memoria en buena forma.

En este sentido, recuerdo como en una presentación se me acercó una señora ya mayor, muy elegante, con la obvia intención de formular una pregunta. Inmediatamente intuí que su preocupación no sería cómo memorizar más y mejor, sino cómo conservar ese don llamado memoria que muchas personas temen perder con la edad. En efecto, tal fue el objeto de su pregunta.

Ante este tipo de cuestiones suelo decir que mi especialidad son las técnicas de memorización, no ese proceso cognitivo llamado «memoria», y que no me considero una voz autorizada para recomendar nada en ese sentido, siendo esta cuestión más indicada para los médicos o psicólogos que hayan profundizado en el estudio de este campo de la mente humana.

Aquel día, sin embargo, no quise defraudar a aquella buena mujer con una respuesta vacía -cierta, pero vacía- y buscando algún consejo que pudiera serle de utilidad, respondí: «¡escriba!».

La respuesta cruzó por mi mente como un rayo al recordar el trabajo de un psicólogo norteamericano, David Snowdon, que se hizo famoso con su «estudio de las monjas» detallado en el libro 678 monjas y un científico.

Interesado en estudiar las causas del deterioro mental en personas de edades avanzadas, Snowdon hizo durante varios años un seguimiento a religiosas de la congregación de Notre Dame -en Estados Unidos- que se prestaron voluntariamente a participar en su investigación, documentando la evolución de sus capacidades intelectuales durante las etapas más avanzadas de sus vidas.

El trabajo fue productivo y se llegaron a interesantes conclusiones, pero el dato que vengo a señalar en esta ocasión es el siguiente:

Un día, casualmente, descubrió un archivo con viejos documentos aparentemente intrascendentes, pero que a la postre resultarían de gran valor. Se trataba de unas cartas manuscritas que las postulantes debían presentar antes de los votos, describiendo brevemente su vida y los motivos por los que deseaban entrar a formar parte de la congregación.

Sorprendentemente, constató las autoras de cartas bien redactadas, de prosa elaborada y rico vocabulario, intelectualmente habían envejecido mucho mejor que las otras, es decir, mantenían mejores facultades que aquellas de estilo seco, de frases breves y escaso vocabulario (no es lo mismo escribir «nací a las 7 de la mañana» y ya está, que escribir «vine al mundo una mañana temprano, buscando los primeros rayos de sol: siete veces tañeron las campanas señalando la hora en que una nueva vida, mi vida, empezaba»). Incluso pudo establecer una correlación entre el tipo de de escritura y las probabilidades de padecer en la vejez enfermedades como el Alzheimer.

Si la pluma es un buen antídoto contra el declive mental, esta habilidad habría que inocularla ya en la niñez y alentarla durante toda la vida, de modo que en ningún momento nos viésemos expuestos a erosión del tiempo. Pero si es cierto el refrán de «más vale tarde que nunca», ponerse a escribir sin fijarse en la edad ayudaría a conservar las facultades, al menos, tal como estuviesen en ese momento.

«¡Escriba!».

Se sorprendió aquella buena mujer con mi respuesta. Quizás esperaba otro tipo de consejo o tal vez se le antojó muy ardua la tarea. Añadí:

«No estoy diciendo que se ponga a escribir la tercera parte del Quijote, ¿eh?, en absoluto. Con unos pocos renglones al día es suficiente. Por ejemplo, podría llevar una especie de diario contando qué ha hecho hoy, dónde ha ido, a quién a visto, qué le ha dicho… Por ejemplo, podría poner: “Hoy he conocido a un chico muy guapo e inteligente que ha escrito un libro titulado La pastilla verde…”».

No sé si con mis palabras logré algo positivo por la memoria de aquella mujer, pero desde luego sí conseguí que riese durante un buen rato.

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