Mubodilefa

Gottfried Leibniz
Gottfried Leibniz

Para dotar de valor a determinada materia, un estrategia muy común consiste en echar mano de personajes famosos y vincular sus nombres al de la materia en cuestión, transmitiendo la idea de que si tal figura trabajó en esto, es porque esto debe ser importante.

Algo así ocurre con la mnemotecnia y Leibniz.

En efecto, no es raro ver el nombre del famoso filósofo y matemático alemán luciendo como una figura destacada en el ámbito de la mnemotecnia, cuando la realidad es que su aportación a esta disciplina fue más bien testimonial, por no decir nula.

Cierto es que Leibniz conocía bien el arte de la memoria: aunque nunca publicó nada parecido a un libro sobre técnicas de memorización, dejó testimonio de su interés en esta materia a través de varias notas sueltas donde menciona o resume alguna técnica, siendo sus principales fuentes Adam Bruxius y Schenckel.

En una nota manuscrita que, hasta donde sé, nunca se ha llegado a publicar (catalogada como Phil. VI. 19 y que, según Paolo Rossi, «es una selección de apuntes que lleva por título, Mnemonica sive praecepta varia de memoria excolenda») se recoge la técnica de las palabras numéricas y un código fonético muy similar al que Winkelmann había publicado apenas unas décadas antes, lo que apunta a que Leibniz estaba bastante al tanto de la mnemotecnia de su tiempo.

Algún despistado –o malintencionado, ¡a saber!– creyó que esto del código fonético era invento del propio Leibniz, y la idea, sin que nadie la rebatiera, se dio por buena durante mucho tiempo (lo cual, seguramente, contribuyó en buena medida a otorgar a Leibniz más importancia de la que le correspondía). Ros Ráfales, por ejemplo, es uno de los que caen en el error, viéndose obligado a rectificar más tarde: «admití esta corriente atribución sin previo examen y la publiqué en la primera ed. de este libro» (Mnemotecnografía, 4ª ed., pág 124).

Lo bien cierto es que, en mnemotecnia, de la mano de Leibniz no surge nada nuevo (y sus escritos, por lo general, no pasan de meros apuntes).

La única nota original, y lo de original hay que tratarlo con reservas (la idea bien podría partir de John Wilkins o George Dalgarno) es cuando en un texto que, en principio, nada tiene que ver con la mnemotecnia, Leibniz presenta un nuevo modo de representar números mediante palabras.

En una nota titulada Lingua generales el filósofo se plantea el problema de cómo citar los números en un supuesto idioma universal (esta nota se recoge en libro de Louis Couturat de 1903, Opuscules et fragments inédits de Leibniz, pág. 277).

Su propuesta, en un ejercicio que personalmente me recuerda mucho al de Hérigone (véase La pastilla verde, capítulo 12, pág. 125), ofrece la siguiente solución: las nueve primeras consonantes del abecedario latino equivaldrán a los números del 1 al 9, mientras las vocales indicarán el orden decimal (a = unidades, e = decenas, i = centenas, etc.; para cifras más allá de cinco dígitos se usarán diptongos). De este modo, por ejemplo, –dice Leibniz– el número 81374 corresponderá al término bodifalemu o bien mubodilefa.

mubodilefa

¿Práctico? Se me ocurren algunos inconvenientes, como el número cero o la posible coincidencia de ciertas cifras con términos que ya posean un significado concreto.

Desde el punto de vista mnemotécnico, desde luego, la idea hay que inscribirla tan solo en el terreno de la mera curiosidad (el mismo Leibniz lo excluye de los textos de mnemotecnia): ofrece una nueva vía para la composición de palabras numéricas pero, vaya, ¡ponte a memorizar palabros como mubodilefa!

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