Rhetorica ad Herennium

Rhetorica ad Herennium

La obra conocida como Rhetorica ad Herennium (Retórica a Herenio) es un texto muy importante en la historia de la mnemotecnia, pues constituye el documento más antiguo conocido en el que se describen unas técnicas de memorización.

Básicamente, todos los principios que sustentan la mnemotecnia actual ya aparecen descritos aquí. Véase, por ejemplo, este pasaje:

Las cosas ordinarias se borran de la memoria con facilidad, mientras que las cosas destacadas y novedosas permanecen más tiempo en la mente. Nadie se sorprende ante la salida del sol, su recorrido y su ocaso porque ocurre todos los días. Pero se admiran de los eclipses de sol porque se dan pocas veces.

Fechado entre los años 86 y 82 a. C., se trata de un manual de retórica de autor y título desconocido, pero como a lo largo del texto hay varias referencias a un tal Herenio, a quien va dedicada la obra, hoy se conoce comúnmente por el título ya descrito.

Pero no siempre fue así: su historia, propia de una novela de misterio, merece ser contada.

Durante el siglo I a. C. la republica romana vive un periodo convulso. Por un lado están los optimate, apegados a la aristocracia y de tono conservador; por otro los populares, de corte más democrático y reformador.

En lo que es conocida como la primera guerra civil de la república romana, Lucio Cornelio Sila, por la fuerza de sus legiones, acaba imponiendo su ley –favorable a los populares– dando paso a una gran represión contra los vencidos.

Nuestro autor, que ha redactado su obra por estas fechas, a través del contenido de algunos pasajes se intuye que es un personaje afín al bando de los vencidos, y tanto él como su trabajo seguramente sufrieron las consecuencias de esta represión.

Así se entiende que la Rhetorica ad Herennium sea una obra desconocida en su propio tiempo. En efecto, autores romanos que vendrán después parecen desconocer este trabajo: en sus referencias encontraremos citas a libros de otros autores, incluso contemporáneos al nuestro, pero de la obra que nos ocupa no hay mención por ningún sitio. Como si no existiese.

Habrán de transcurrir casi quinientos años para tener noticias. Y nos llegarán desde los lugares más insospechados.

En el siglo IV parece que esta obra, atribuida a Cicerón, sobrevive por el norte de África y Oriente Próximo, pues la citan Prisciano –gramático que enseñó latín en Constantinopla– Rufino de Aquilea y San Jerónimo, que la elogia dando por buena la autoría de Cicerón.

Pero aún así habrá que volver a esperar unos quinientos años más para que la obra empiece a tomar relevancia. Lupus Servatos, un abad francés del siglo IX, parece conocerla, lo que apunta a que por entonces empezaba a difundirse en Europa.

De hecho, hoy conservamos cuatro manuscritos del siglo IX que revelan un importante detalle: están incompletos. Al parecer, de esta obra tan solo se conocían fragmentos y a veces los copistas llenaban las partes faltantes de su propia mano –eso cuando no se equivocaban o «corregían» el original según su propio criterio– lo que lleva al hecho de que, al comparar los antiguos manuscritos, se aprecien importantes diferencias entre ellos.

Del siglo X datan versiones que se debieron construir a partir de la unión de varios textos incompletos (o quizás es que se encontró una versión sin faltas). Se suele fechar en el siglo XII la aparición del primer texto completo, aunque a ciencia cierta no se sabe cuanto tiene de original y cuanto de «corregido».

En ese momento la obra ya es famosa, y cada vez lo será más: el hecho de que San Jerónimo hablase bien de ella y la atribuyese a una autoridad como Cicerón la convirtieron en el manual de referencia para los estudiantes de retórica, siendo uno de los textos más copiados de la edad media.

Prueba de ello son los más de cuatrocientos manuscritos medievales que todavía se conservan hoy (en España hay ocho, de entre los siglos XII y XIV) y los numerosos comentarios y traducciones a lenguas vernáculas: ya en el siglo XIII encontramos versiones en italiano –por Guidotto de Bologna en 1266– y francés –por Jean d’Antoine en 1282–; la primera traducción al español corresponde al Marqués de Villena en el siglo XV (desgraciadamente, hoy figura en los catálogos de libros perdidos).

Cuando en el siglo XIII Sto. Tomás de Aquino escribe sus cuatro reglas para «progresar en la memoria» (Suma teológica, II-IIae, c. 49) esta obra está en pleno auge: de sus páginas sobre la memoria toma el santo dos de sus reglas, citando la fuente –como es habitual en aquellos tiempos– como la Rhetorica de Tulio.

La popularidad de la obra, con su capítulo sobre la memoria y el sello de validez que imprime una figura de la entidad de Sto. Tomás, harán que la mnemotecnia viva un periodo de cierto lustre, que se refleja principalmente en los manuales para predicadores del siglo XIV.

Pero volvamos a nuestra protagonista.

Rhetorica ad Herennium
Detalle primera página de un manuscrito italiano de mediados del siglo XV.

Todo auge va seguido de un declive, y este se dará en el siglo XV.

Primero. En 1416 se descubre una copia completa de las Institutio Oratoria de Quintiliano –que incluye también un valiosísimo capítulo sobre la memoria– y en 1421 el Orator de Cicerón, dos grandes tratados de retórica hasta entonces desconocidos capaces de hacer sombra a cualquier otro texto.

Segundo. Lorenzo Valla afirma que la Rhetorica nova no pertenece a Cicerón, idea que corrobora después Raffaele Regio, restando prestigio a la obra hasta entonces atribuida al famoso rétor romano.

Tercero. Empiezan a publicarse nuevos tratados de retórica que se implantarán en los centros docentes como manuales de referencia, sustituyendo a nuestra ya vetusta obra (aunque lo de nuevos a veces sea relativo: véase la entrada El arte de copiar y pegar).

Si a esto sumamos las nuevas ideas que a lo largo del siglo siguiente acabarán desmembrando el concepto clásico de retórica –por ejemplo, desaparecerá toda referencia a la memoria–, se comprende que nuestra obra vaya perdiendo vigencia hasta transformarse más en cosa del pasado que de actualidad.

No obstante, en el siglo XVI todavía se le presta atención y es, curiosamente, cuando empiezan a publicarse las ediciones más cuidadas, buscando reconstruir el texto original a partir de los manuscritos que puedan estar menos adulterados.

Rhetorica ad Herennium
Portada de la edición de Josse Bade, París, 1528.

Pero su época ya ha pasado y se acabará perdiendo todo interés por este trabajo.

Bueno, no del todo.

Tal ha sido la influencia que ejerció en tiempos pasados que ya forma parte del acervo cultural de la humanidad, y periódicamente los investigadores vuelven la vista hacia este texto, imprescindible para comprender ciertos pasajes de la historia.

Para todo auténtico estudioso de la mnemotecnia, su capítulo dedicado a la memoria sigue siendo lectura obligada.

Por cierto, el Herenio a quien se dirige la obra se estima que pudo ser Cayo Herenio, tribuno que combatió junto a Quinto Sertorio en tierras de Hispania encontrando la muerte en la batalla de Valencia del año 75 a. C.

Otros artículos

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *