Sobre los palacios de la memoria

Palacio de la memoria

Si en la entrada anterior describía una modalidad de método de los lugares hoy prácticamente desconocida (Cuadros), en esta ocasión trataré la circunstancia opuesta, una modalidad muy conocida pero de forma errónea: los palacios de la memoria.

Pero, antes de entrar en materia, aclaremos conceptos: ¿qué es exactamente un «palacio de la memoria»?

Esta expresión, en su sentido mnemotécnico, surge durante la edad media. En aquellos tiempos, antes de que se inventara la imprenta, antes de que ni tan siquiera hubiera papel y bolígrafo, los estudiantes no disponían de otro soporte donde guardar las lecciones del profesor más que en su memoria. Las exigencias memorísticas eran muy altas, especialmente para los alumnos de jurisprudencia que debían conocer todas las leyes de memoria.

No debe extrañarnos, por tanto, que fuera práctica común el uso de una técnica de memorización como el método de los lugares (véase La pastilla verde, capítulo 3, pág. 33), citada por el famoso Cicerón y presente en un viejo manual de retórica, la Rhetorica ad Herennium, herencia de la antigua roma.

Pero hay un problema. Al poner en práctica el método de los lugares es habitual echar mano de sitios muy conocidos, como nuestra propia casa. Pero si se trata de memorizar un gran volumen de datos –como cientos de leyes– este espacio se queda corto, necesitamos espacios con muchos más lugares.

¿La solución? En lugar de buscar espacios reales, imaginar un espacio construido a medida, un espacio ficticio -solo existe en nuestra mente- adaptado a nuestras necesidades. Ese espacio imaginario se llamará «palacio de la memoria».

De hecho, la Rhetorica ad Herennium ya apunta esta solución:

[…] la imaginación puede concebir a su gusto cualquier espacio y formar y construir en él un entorno. Por lo tanto, si no nos satisfacen los entornos que están a nuestra disposición, podremos mentalmente determinar para nosotros mismos un espacio y disponer en él entornos apropiados, fáciles de distinguir.

El mejor ejemplo seguramente lo proporciona un maestro de la universidad de Salamanca, Juan Alfonso de Benavente (siglo XV), cuando nos explica cómo diseñar un palacio –y utiliza explícitamente la palabra «palatio»– para memorizar cientos, incluso miles de leyes (Benavente es profesor de derecho canónico).

Palacio de la memoria sería, por tanto, una modalidad del método loci que, en vez de lugares reales, utiliza lugares ficticios, imaginarios.

Pero esta técnica de los palacios de la memoria se diluye durante el siglo XVI por diversos factores. Por entonces, todas las grandes ciudades cuentan ya con imprentas y los libros empiezan a ser algo común; en los centros de enseñanza cambia el modelo educativo enfocándolo hacia el entendimiento y la razón, dejando a un lado las exigencias memorísticas; y quienes escriben sobre mnemotecnia empiezan a desaconsejar este modelo pues, al basarse en lugares imaginarios, en caso de duda no puedes echar un vistazo al lugar real, siendo entonces más propensos al error.

Así pues, esta técnica desaparece de los manuales de mnemotecnia, y el hecho es que en ningún autor del siglo XIX o del siglo XX encontrarás la expresión «palacio de la memoria»: todo el que explica el método de los lugares o método loci lo hace preparando rutas siempre a través de entornos reales, que resulta más sencillo y fiable.

Y ahora, de pronto, en nuestros días vuelve a aparecer lo del «palacio de la memoria» pero, ¡cuidado!: como sinónimo de «método de los lugares» y sin distinguir entre entornos reales o imaginarios.

Pero… ¿qué demonios ocurre aquí?

Carezco de datos concretos que me permitan dar una respuesta cierta, pero tengo mis sospechas.

El silencio de los corderos

Supongamos que eres un escritor de novelas de misterio y tu personaje ha de tener memorizados los expedientes clínicos de cientos de pacientes: ¿cómo sería esto posible? Te documentas un poco y descubres una antigua técnica medieval que utilizaban los estudiantes para memorizar cientos de leyes… ¡perfecto! Conviertes a tu personaje en un experto en los palacios de la memoria.

Esto suena bien y otros autores copian la idea. Hablando de «método loci» no sorprenderás a nadie que sepa algo sobre técnicas de memorización, pero si en su lugar hablas de los desconocidos y misteriosos «palacios de la memoria», esto ya es otra cosa, sin duda suena mejor (el marketing lo primero).

Aprovechando la curiosidad que surge alrededor de los palacios de la memoria, alguien ve aquí la oportunidad de lucirse y, sin saber mucho del tema, lo interpreta y explica como el clásico método de los lugares con su ruta a través de las habitaciones de casa, casa que empieza a llamar «palacio». Ya no hay distinción entre lugares reales o imaginarios.

Luego llega alguien y, con razón, dice: «¡Oye, pero si esto es lo mismo que el método de los lugares!». Y así, método de los lugares y palacios de la memoria acaban siendo la misma cosa.

Bien, para quien desconoce la historia y toma su casa como referencia para el método de los lugares, es comprensible confundir ésto con los palacios de la memoria (siempre que no haga distinción entre espacios reales e imaginarios).

Pero tengamos en cuenta que, en el método de los lugares, la ruta puede transcurrir no solo por los lugares dentro de casa, también por las tiendas de una calle, por las paradas del autobús que tomo todos los días, por los elementos dentro de un lienzo (Cuadros), etc. Llamar a todo esto palacio de la memoria no tiene ningún sentido.

Por tanto, atentos. Cuando oigas hablar de los palacios de la memoria, cuidado, porque seguramente no tenga nada que ver con lo que realmente es un palacio de la memoria.

NOTA: Una de las primeras veces que aparece expresión «palacios de la memoria» es en Confesiones de San Agustín (finales siglo IV), cuando escribe:

«Y entro en los campos y anchos palacios de la memoria, donde están los tesoros de innumerables imágenes de toda clase de cosas acarreadas por los sentidos.»

(Confesiones, libro décimo, capítulo VIII; podemos consultar en la web <www.augustinus.it> el documento completo).

Algunos han querido ver aquí una referencia al método de los lugares, pero lo cierto es que esto resulta, cuanto menos, dudoso: el santo habla de palacios en el sentido de estancias amplias, grandiosas; lo mismo hubiera sido decir «anchos depósitos/almacenes de la memoria», aunque entonces faltaría ese punto de majestuosidad que parece requerir algo tan valioso como los recuerdos. En definitiva, la expresión, en este caso, no guarda relación con técnica de memorización alguna.

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