Viaje a China

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Una vez, hace ya tiempo, por avatares de la vida conocí a un hombre que estaba preparando un viaje a China: planeaba repetir los pasos de antiguos mercaderes por lo que antaño fue la histórica ruta de la seda.

Después de muchos meses y numerosas gestiones, había logrado finalmente un permiso de las autoridades Chinas para recorrer el país y tenía incluso asignado un guía (¿espía?) estudiante de español que conocía nuestro idioma.

Conversando sobre la aventura se nos hizo tarde y alguien propuso: “¡oye!, ¿por qué no nos vamos a cenar a un restaurante chino que hay aquí cerca?”.

Entre plato y plato, nuestro entusiasta aventurero iba desgranando su proyecto, los valles que atravesaría, las ciudades que visitaría, los monasterios donde, quién sabe, desvelaría algún misterio…

De pronto sacó un bolígrafo, apartó unos platos, y sobre el mantel de papel empezó a trazar un mapa con los ríos, las montañas, los valles, etc. Y entonces me di cuenta de que no solo estaba dibujando toda la zona de memoria sino que, además, se conocía los nombres de todos los lugares… ¡en chino!

Y, hasta donde sé, no había utilizado técnica alguna para memorizar todos esos datos.

Fue entonces cuando caí en la cuenta de que no existe mejor técnica de memorización que la pasión por aquello que se hace.

Bastaba un instante para darse cuenta, si se me permite la expresión, de cómo le brillaban los ojos al hablar de tal ciudad, de las referencias de tal viajero que pasó por allí en tal época, de lo que encontró, de lo que esperaba él encontrar, etc. Estaba tan entusiasmado con el viaje que todo su interés y atención permanecían enfocados en ese asunto y, en consecuencia, aun sin pretenderlo, había memorizado hasta los nombres en chino de los lugares de su ruta.

Después de aquella cena no volví a saber más de nuestro aventurero. Le perdí la pista, no sé si consiguió suficiente financiación y si logró al fin hacer realidad su sueño, pero a mí me ayudó a comprender la esencia de lo que ha de ser una buena técnica de memorización.

P.D.: En el siglo XVI, figuras como Montaigne o Erasmo de Rótterdam esto lo tenían claro, y es con esta idea en mente que escriben las palabras que cito en el capítulo 15 de La pastilla verde (pág. 164 y sig.).

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