Breve historia de la mnemotecnia

Capítulo 1
En la antigüedad

Los primeros documentos que atestiguan la existencia de unas ayudas a la memoria datan de la época del imperio romano. De la mano de Cicerón, más concretamente en su obra De Oratore (terminada aproximadamente hacia el año 55 a. C.), descubrimos la aventura del poeta griego Simónides de Ceos, muchas veces narrada, que vivió entre los siglos VI y V a. C.; cuenta la historia que habiendo sobrevivido, gracias a los dioses, al derrumbe de un edificio en el que se celebraba un banquete, logra identificar los cuerpos desfigurados bajo los escombros a partir del lugar que ocupaba cada uno. Se percató de que observando los lugares podía recordar con facilidad lo que tenía asociado a cada uno de ellos, dando origen así al método loci o de los lugares (loci en latín significa lugares). [+info]

No sabemos cómo evoluciona esta idea en la antigua Grecia, pues no ha llegado hasta nuestros días ningún documento de aquella época que nos explique la materia pero, a través de sus textos de retórica, sabemos que los romanos contaban ya con una mnemotecnia totalmente desarrollada. En efecto, en tiempos en los que no existían dispositivos electrónicos ni libretas donde tomar notas, la memoria era el único soporte donde el orador podía guardar su discurso y apuntar las palabras de su oponente para después rebatirlas. Por ello, la retórica incluía una parte dedicada a formar la memoria del orador, donde se incluían las técnicas de memorización iniciadas por Simónides.

En un libro de retórica de autor desconocido y que identificamos con el título de Rhetorica ad Herennium, escrito en algún momento entre los años 86 y 83 a. C., encontramos principios que son la base de la mnemotecnia que aún usamos en nuestros días, e ideas que se repiten a lo largo de los siglos. Por ejemplo, la distinción entre memoria natural y memoria artificial, entendiendo por esta última aquella que se alcanza mediante algún artificio, arte o técnica [+info]; que la memoria artificial está formada por lugares e imágenes, la base del método loci y derivados; la elección de lugares, que pueden también ser ficticios (lo que hoy habitualmente identificamos como palacios de la memoria); la formación de imágenes, que pueden representar cosas o palabras (memoria rerum, memoria verborum), que unas son más efectivas que otras:

«Cuando vemos en la vida diaria cosas insignificantes, ordinarias, habituales, no solemos recordarlas porque no hay nada novedoso ni extraordinario que conmueva nuestro espíritu. Pero si oímos o vemos algo que sea excepcionalmente vergonzoso, deshonesto, inusual, grande, increíble o ridículo, solemos recordarlo mucho tiempo.»

Junto al anónimo autor y la breve mención de Cicerón, nuestras fuentes históricas concluyen con las Institutionis Oratoriae de Quintiliano, terminada hacia el año 95 de nuestra era. Quintiliano conoce y describe bastante bien los procesos mnemotécnicos; por ejemplo, tras explicar el método loci, nos cuenta cómo pueden establecerse diversos lugares no sólo dentro de una casa, también en las calles que circundan la ciudad, o en las ciudades que aparecen a lo largo de un viaje. Pero si hace esta explicación es para a continuación analizar las técnicas y con buen ojo, haciendo gala de una sensatez poco habitual, emitir su juicio. Observa Quintiliano que muchos conceptos no son fáciles de representar mediante imagen, y aún cuando se supere esta dificultad, ¿cómo pronunciar un buen discurso si el orador tiene su mente centrada en repasar los lugres y descifrar las palabras que evocan las sucesivas imágenes? Concluye que esto no es factible y que la verdadera memoria proviene del trabajo diario:

«Pero si alguno me pregunta acerca de la única y de la que es el arte mayor de la memoria, mi respuestra es ésta: ejercicio y aplicación, aprender mucho de memoria, reflexionar mucho, y si puede hacerse cada día, es el recurso de más poderosa eficacia.» [+info]

Esta es la razón por la que los detractores de la mnemotecnia suelen citar a nuestro maestro de retórica como precedente. Sin embargo, si bien Quintiliano es escéptico respecto a las virtudes de este arte para el orador, no niega que en ocasiones pueda ser su utilidad y, de hecho, hace suyas algunas estrategias mnemotécnicas: por ejemplo, recurrir a la imagen de un ancla para acordarse de hablar sobre barcos, o pensar en cicer (garbanzo) para acordarse de Cicerón.

Quizás su poco entusiasmo venga motivado, en parte, porque tras estas artes advierte mucha vanidad. En la época ya se contaban hazañas asombrosas como la de Teodectes, capaz de repetir palabra por palabra un discurso tras haberlo oído una sola vez. Quintiliano no da crédito a estas historias, pero las tendrá por buenas si con ello, tratando de emular tales prodigios, alguien se anima a mejorar su memoria.

Siempre se ha considerado que la historia de Simónides tiene más de mito que de realidad. Quintiliano ya cuestionaba un relato del que había oido mil versiones distintas. Sin embargo, la figura de Simónides es real, y su aportación a la mnemotecnia figura incluso en una inscripción en marmol (fechada entorno al 264 a. C.) encontrada en la isla de Paros en el siglo XVII -hoy en el Ashmolean Museum de Oxford- donde, entre otros nombres, aparece el de «Simónides de Ceos, hijo de Leoprepes, inventor del sistema de ayuda-memorias».


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Para citar este documento, reproduzca la siguiente línea:
SEBASTIÁN PASCUAL, Luis. Breve historia de la mnemotecnia [en línea]. Texinfo ed. 1.2. Mnemotecnia.es, Febrero 2014 [ref. de 28/02/2017]. Disponible en Web: <http://www.mnemotecnia.es/bhm>.


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