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Breve Historia de la Mnemotecnia

Instituciones oratorias

Libro XI.
Capítulo II. De la memoria

I. Depende de la naturaleza y del arte. Cuánta sea su utilidad y su virtud.- II. Simónides fue el primer autor del arte de la memoria.- III. Cuál es su orden y método. Fabio no le aprueba.- IV. Da preceptos más sencillos. Aprender por partes poniendo algunas señales. Aprender por lo mismo que se ha escrito. Ejercitar la memoria aprendiendo o en silencio u oyendo a otros leer.- V. La división y la composición ayudan especialmente a la memoria. La mejor regla que hay para la memoria es el ejercicio de ella. En los más no es fiel la memoria de lo que se acaba de aprender. Si conviene aprender a la letra. De cuánto sirve la memoria.

I. Algunos son de opinión que la memoria es don de la naturaleza, y sin duda tiene muchísima parte en ella; pero se aumenta con el ejercicio como todas las demás cosas, y todo el trabajo de que ya hemos hablado es inútil si las demás prendas no subsisten en virtud de ésta que es como el alma de ellas. Porque toda la ciencia tiene su fundamento en la memoria, y en vano nos enseñarían si se nos olvidase todo lo que oímos, y esta misma potencia nos pone delante cierta como provisión de ejemplos, leyes, respuestas, dichos y hazañas de las que debe estar bien provisto y tener siempre a la mano un orador. Y no sin razón se llama ésta el tesoro de la elocuencia.

Pero los que tienen mucho que perorar, no solamente conviene que tengan una firme retentiva, sino que sean prontos en aprender, y no sólo volver a aprender leyendo lo que se ha escrito, sino seguir también en lo que se ha meditado el hilo de las cosas y orden de las palabras, y acordarse de lo que por la parte contraria se hubiere dicho y refutarlo, no con el mismo orden con que se dijo, sino acomodándolo en los lugares oportunos. ¿Qué más? El perorar de repente me parece a mí que no depende de otra potencia del alma sino de ésta; porque mientras decimos unas cosas, es necesario tener presentes las que vamos a decir, y así buscando siempre el pensamiento de más lejos lo que está más adelante deposita en cierto modo en la memoria todo lo que entre tanto discurre, lo cual ella entrega a la elocución, recibiéndolo, por decirlo así, de mano en mano de la invención.

Mas no creo que debo detenerme en declarar en esta parte cuál es la causa de la memoria, sin embargo de que los más son de opinión que en nuestra alma se imprimen ciertas señales a la manera que en la cera se conservan los sellos de los anillos. Ni seré tan crédulo que me persuada que la memoria se hace más tarda o más firme como por hábito.

Por lo que pertenece al alma, es más digna de admiración su naturaleza y que de repente se nos ofrezcan y vuelvan a ocurrir las ideas antiguas después de haber pasado un dilatado espacio de tiempo, y esto no sólo cuando las procuramos hacer a la memoria, sino también a veces de suyo, y no sólo estando despiertos, sino aun más veces cuando estamos dormidos, y aun aquellos animales que vemos que carecen de entendimiento tienen su reminiscencia y conocen, y aun cuando hagan un largo viaje se vuelven a su mansión acostumbrada. ¿Qué más? ¿no es una cosa que causa admiración esta variedad de olvidársele a uno lo que hace poco que pasó y tener muy impresas en la memoria las cosas antiguas? ¿olvidarnos de lo que pasó el día de ayer y tener muy en la memoria lo que hicimos cuando niños? ¿Y qué diremos de que algunas cosas se nos ocultan cuando las queremos hacer a la memoria y las mismas nos ocurren después por un acaso, y no permanece siempre la memoria, sino que alguna vez vuelve?

Sin embargo, ninguna noticia se tendría de la grandeza de su virtud y excelencia, si no la hubiera descubierto la elocuencia, a quien ella sirve de lumbrera. Porque no sólo pone delante el orden de las cosas, sino también el de las palabras, y no son pocas en número las que va enlazando, sino que dura casi infinitamente, y en las defensas muy largas falta primero la paciencia para oír que la seguridad de la memoria.

Lo cual es prueba de que hay alguna arte y que la naturaleza se sirve de la razón, siendo así que nosotros mismos instruidos podemos hacer aquello que sin instrucción y ejercicio no podemos. Sin embargo de que hallo en Platón que el uso de las letras sirve de impedimento a la memoria porque dejamos de conservar en cierto modo en ella aquello que ponemos por escrito, y por esta misma seguridad nos olvidamos de ello. Y no hay duda de que en esta parte sirve muchísimo la meditación, y tener, por decirlo así, los ojos del alma fijos en la contemplación de aquellas cosas que contempla. De donde sucede que conserva en el mismo pensamiento aquellas cosas que por muchos días escribimos para aprenderlas.

II. Dicen que el primer autor de la memoria fue Simónides, de quien vulgarmente se cuenta que habiendo escrito por el pactado precio a uno de los luchadores que había logrado la corona una canción como las que solían componer a los vencedores, no le quisieron dar parte del dinero porque haciendo una digresión como las que frecuentísimamente suelen hacer los poetas, se había pasado a las alabanzas de Cástor y Pólux, por cuya razón le mandaban que pidiese la otra parte del dinero a aquellos cuyos hechos había celebrado, y se lo pagaron, según se refiere, porque teniendo un grande convite en celebridad de la misma victoria y habiendo sido convidado a él Simónides le llamaron afuera, dándole noticia de que dos jóvenes que iban a caballo deseaban en gran manera hablarle, salió afuera y no los encontró, pero el suceso hizo ver que le fueron agradecidos, pues apenas salió del umbral de la puerta se hundió toda aquella pieza de comer sobre los convidados, y de tal manera los aplanó, que buscando sus parientes los cuerpos de los muertos para darles sepultura, no sólo no pudieron por alguna señal conocer sus caras, pero ni aun los miembros. Entonces cuentan que Simónides, teniendo presente el orden con que cada uno se había puesto a la mesa entregó los cadáveres a los suyos.

Mas es grande la diferencia de opiniones que hay entre los autores sobre si esta canción se escribió a Glaucón Caristio, o a Leocrates, o a Agatarco, o a Escopas, y si la casa del convite estuvo en Farsalo, como parece dio a entender el mismo Simónides en cierto lugar y lo dejaron escrito Apolodoro, Eratóstenes, Euforión y Euripilo de Larisa, o en Cranón, como dice Apolas Calímaco, a quien siguió Cicerón extendiendo más esta voz. Se sabe de cierto que Escopas, noble de Tesalia, pereció en aquel convite; se añade que un hijo de su hermana; hay opinión de que la mayor parte eran descendientes de aquel Escopas que hubo mayor en edad. Aunque a mí me parece fabuloso todo lo que se cuenta de Cástor y Pólux, y absolutamente ninguna mención hace el mismo poeta en parte alguna de este suceso, que seguramente no callaría redundando en tanta gloria suya.

III. Por este suceso de Simónides parece se ha venido en conocimiento de que la memoria se sirve mucho de los senos que tiene señalados en el alma, y esto puede creerlo cada uno por lo que en sí experimenta. Porque cuando volvemos a algunos lugares después de algún tiempo, no solamente los reconocemos, sino que también nos acordamos de lo que en ellos hicimos, se nos representan las personas y aun alguna vez nos vuelven a la memoria los ocultos pensamientos. Así que el arte ha tenido su principio de la experiencia, como la mayor parte de las cosas.

Para aprender de memoria algunos buscan lugares muy espaciosos, adornados de mucha variedad y tal vez una casa grande y dividida en muchas habitaciones retiradas. Se imprime cuidadosamente en el alma todo cuanto hay en ella digno de notarse para que el pensamiento pueda sin detención ni tardanza recorrer todas sus partes. Y ésta es la dificultad primera, que la memoria no se quede parada en el encuentro de las ideas. Porque más que firme debe ser la memoria que ayuda a otra memoria.

Además de esto distinguen con alguna señal lo que han escrito o lo que meditan para que les excite la memoria, lo cual puede ser o del total de la cosa, como de la navegación, de la milicia, o de alguna palabra. Pues aun aquellos que son flacos de memoria se acuerdan con sólo apuntarles una palabra. Sea por ejemplo la señal de la navegación una áncora, de la milicia alguna de las armas.

Y así todo esto lo ordenan de este modo: el primer pensamiento o pasaje del discurso le destinan en cierto modo a la entrada de la casa, el segundo al portal de ella, después dan vuelta a los patios, y no sólo ponen señales a todos los aposentos por su orden o salas llenas de sillas, sino también a los estrados y cosas semejantes.

Hecho esto, cuando se ha de refrescar la memoria comienzan a recorrer desde el principio todos estos lugares y se toman cuenta de lo que a cada uno fiaron y con la idea de ellos se excitan la memoria, para que por muchas que sean las cosas de que es preciso acordarse vayan encadenándose de una en una, a fin de que los que juntan las que se siguen con las primeras no se equivoquen con sólo el trabajo de aprenderlas.

Esto que he dicho de una casa puede hacerse también en las obras públicas, en un viaje largo, como en la circunferencia de las ciudades y en las pinturas. También puede uno fingirse estas ideas.

Es necesario, pues, echar mano de lugares que o se fingen o se toman de pinturas o de simulacros, los cuales también se han de fingir. Imágenes conocidas son aquéllas con las cuales venimos en conocimiento de las cosas que vamos a aprender, como cuando dice Cicerón: «Valgámonos de los lugares como de tablas enceradas y de las imágenes como de letras.» (De oratore, II, número 354). También será muy del caso añadir a la letra aquello otro: «Debe hacerse uso de muchos lugares ilustres, fáciles, de cortos intervalos, de imágenes que sean activas y de viveza, distinguidas, que puedan ocurrir pronto y herir el alma.» (De oratore, II, número 358). Por lo que me maravillo más cómo Metrodoro inventó trescientos y sesenta lugares en los doce signos por donde pasa el sol. Vanidad fue por cierto y jactancia hacer alarde de su memoria, que tenía más de artificiosa que de natural.

Yo a la verdad no niego que esto sirve para algunas cosas como si se ha de dar cuenta de muchos nombres que se han oído por su orden. Porque conservan las ideas de aquellas cosas por los lugares en que las aprendieron: la mesa, para decirlo así, en la portada; el almohadón de estrado en el atrio y así las demás cosas, y después volviendo a recorrerlas las hallan en donde las dejaron. Y de este arbitrio tal vez se valieron aquéllos que después de concluida una almoneda dieron exacta cuenta de todo lo que habían vendido a cada uno, sirviendo de testimonio las escrituras de los banqueros. Lo cual dicen que hizo Hortensio.

De menos servirá esto mismo para aprender lo que se contiene en una oración o discurso seguido. Porque los conceptos no tienen la misma imagen que las cosas, debiéndose fingir algunas de ellas, sin embargo de que unas y otras excitan la memoria. Pero ¿cómo se comprenderá por este mismo medio el contexto de las palabras de algún razonamiento que se ha tenido? Dejo aparte que algunas cosas con ninguna figura se pueden significar, como son ciertas junturas del discurso. Porque a la verdad propongámonos determinadas figuras de todas las cosas como hacen los que escriben por signos, y determinemos lugares infinitos por los cuales se expliquen todas las palabras que se contienen en los cinco libros de la segunda defensa contra Verres, de manera que nos acordemos aun de todo aquello que en cada uno de los lugares hubiéremos en cierto modo depositado, ¿por ventura no es preciso que se corte el hilo de las cosas que dice con el doble cuidado de la memoria? Porque, ¿de qué manera podrán ir ocurriendo estas cosas con unión si para cada una de las palabras es necesario atender a cada una de las figuras? Por cuya razón Carnéades y Escepsio Metrodoro (de quien poco ha he hablado) y de quienes Cicerón dice que usaron este ejercicio, allá se las hayan con su modo de pensar; nosotros procuremos dar reglas más sencillas.

IV. Si se ofreciere haber de aprender de memoria una oración larga, será útil aprenderla por partes, porque se fatiga la memoria con la mucha carga, y estas partes no han de ser extremadamente cortas. Porque de otra manera serán excesivamente muchas y la dividirán y separarán. Y ciertamente yo no establezco otra regla que seguir los puntos en que se divide el discurso, a no ser que sean tan largos que sea preciso dividirlos. Se deben señalar ciertos términos para que la frecuente meditación haga seguido el contexto de las palabras, que es el más dificultoso, y después el orden repetido junte las mismas partes.

No deja de ser del caso poner algunas señales, para que más fácilmente se queden en la memoria las cosas, cuyo recuerdo refresque y en cierto modo excite la memoria. Porque casi ninguno hay tan infeliz que ignore la señal que en cada lugar ha dejado, y si fuere tardo en aprender aun de esta manera, use también aun del mismo arbitrio para que las señales mismas le exciten la memoria.

De aquí es que no es cosa inútil de aquella arte poner algunos signos para hacer a la memoria aquellos pensamientos que se han olvidado, como el signo de áncora (como arriba añadí) si se hubiese de hablar de la nave, o el de la lanza si de la guerra. Porque los signos sirven de mucho, y de una memoria se sigue otra, así como el ponerse uno un anillo o atársele nos hace recordar del motivo por que hemos hecho aquello.

Todavía sirven para afirmar más la memoria aquellas cosas que por una cosa semejante la hacen recordar de aquello que se necesita tener presente, como sucede en los nombres, que si tal vez es necesario tener en la memoria el de Fabio, recurramos a aquel Fabio el Detenido, que no se puede olvidar, o algún amigo que tenga el mismo nombre. Lo cual es más fácil en los Apros, en los Ursos y Nasones o Crispo, teniendo en la memoria de donde tienen su etimología estos nombres para que se queden más impresos en la memoria. También el origen de los derivados es alguna vez causa de que se conserven más los nombres en la memoria, como en Cicerón, Verres y Aurelio, si es preciso introducirlos.

A todos aprovechará mucho aprender de memoria por lo mismo que se ha escrito. Porque el que dice asemejándose a uno que va leyendo, sigue a la memoria por ciertas huellas y en cierto modo va viendo con los ojos del alma, no solamente las páginas, sino casi los mismos renglones. Además de esto, si hubiere en lo escrito algún borrón, alguna dicción o mutación de alguna cosa, son ciertas señales que reflexionándolas no podemos errar.

Hay un método que al paso que no es desemejante a aquél de que primeramente hemos tratado, es más fácil y de más fundamento (si es que la experiencia me ha enseñado alguna cosa), que se reduce a aprender en voz baja. Pues lo que en otro tiempo era lo mejor, ahora también lo es si otros pensamientos no ocuparan a cada paso el alma que se halla en cierto modo ociosa, por los cuales es necesario llamar su atención con la voz, para que la memoria tenga a un mismo tiempo dos estímulos, el de la lengua y el del oído. Pero esta voz ha de ser moderada y más propiamente murmullo. Mas el que aprende leyéndole otro se detiene en parte, porque es más perspicaz el sentido de la vista que el del oído; en parte puede servirle de mucho, porque después de haber oído una o dos veces, puede inmediatamente hacer la prueba de su memoria y competir con el que lee. Porque una de las cosas que debemos procurar además de lo dicho, es el hacer después experiencia de nosotros mismos; porque en la lección seguida, igualmente pasa lo que más impreso se queda que lo que menos. En la experiencia que se hace de si se acuerda uno o no, no solamente se pone más atención, sino que no se pasa instante alguno de tiempo inútilmente, en cuya ocasión suelen también refrescarse las ideas que sabemos, de tal manera se vuelven a aprender solas las que se olvidaron que con la frecuente repetición quedan más firmes, sin embargo de que por la misma razón de que se olvidaron suelen quedarse luego más impresas. Es cosa sabida que para aprender y escribir contribuye muchísimo una robusta salud, buena digestión de la comida y un ánimo libre de pensamientos que distraigan.

V. Pero a excepción del ejercicio, que es lo mejor de todo, casi sola la división y la composición contribuyen mucho para aprender lo que hemos escrito y retener en la memoria lo que pensamos.

Porque el que hiciere una buena división, nunca podrá errar en el orden de las cosas. Pues no sólo en ordenar las cuestiones sino que también en el ejercicio de ellas es una cosa que no se puede errar, si con un buen orden decimos primera, segunda, tercera, etc., y si tienen entre sí unión todas las cosas de manera que ninguna cosa pueda añadirse o quitarse sin que claramente se conozca. Escévola en el juego de las damas, habiendo él primero movido la pieza y perdido el juego, recorriendo en la memoria todo el orden con que había jugado mientras iba a la aldea, acordándose de la jugada que había errado, volvió a aquél con quien había jugado y declaró que así había sucedido. Si tanto puede un orden alternativo, ¿servirá menos el orden de la oración y más cuando depende de nuestro arbitrio?

Las cosas que están bien ordenadas servirán también de guía a la memoria con su orden. Porque así como aprendemos con más facilidad los versos que la prosa, así también aprendemos mejor la prosa que tiene unión que la que no la tiene. De este modo sucede que se dicen de memoria aun aquellas cosas que por el pronto parecía que no tenían unión repitiéndolas palabra por palabra. Lo cual podía hacer aun mi mediana memoria si alguna vez me precisaba a repetir parte de una declamación la concurrencia de algunos sujetos que se merecían este obsequio. Y en esta parte no ha lugar la mentira, por cuanto se hallan vivos aún los que asistieran.

Mas si alguno pretende que yo le dé la única y la más principal regla que hay para aprender de memoria, sepa que ésta es el ejercicio y el trabajo; aprender mucho de memoria, meditar mucho, y si todos los días se puede hacer esto, es el medio más poderoso. Ninguna cosa hay que en tanto grado se aumente con el cuidado y se disminuya con el descuido. Por cuya razón los muchachos, como lo tengo ya ordenado, aprendan inmediatamente de memoria las más cosas que les sean posibles, y cualquier edad que se dedicare a aumentar la memoria con el estudio, procure desde el principio quitarse aquel hastío que causa el revolver muchas veces lo que se ha escrito y leído y aquel volver en cierto modo a masticar lo mismo que se ha comido.

Lo cual puede hacerse más llevadero si comenzáremos primero a aprender pocas cosas y las que no nos den fastidio, además de esto añadir todos los días un solo verso, cuya añadidura no se deje conocer por el aumento del trabajo, y que en suma vaya llegando hasta lo sumo; primero lo de los poetas, después lo de los oradores y últimamente lo que sea menos numeroso y tenga menos semejanza con el lenguaje común, cuales son los discursos de los jurisconsultos. Porque las cosas que sirven para el ejercicio deben ser más dificultosas, para que aquello mismo en que se tiene el ejercicio sea más fácil, a la manera que los atletas acostumbran sus manos al peso del plomo, siendo así que en la lucha tienen que hacer uso de ellas teniéndolas desocupadas y vacías.

Tampoco omitiré que por la experiencia de cada día se sabe que los ingenios que son algo tardos no tienen muy firme la memoria en lo que poco antes han aprendido. Cosa es que causa admiración al decirlo, y no ocurre de pronto la razón de la gran firmeza que causa en la memoria una noche que pase de por medio; y es que, o cesa aquel trabajo cuya fatiga misma servía de impedimento a la memoria, o llega a sazón y se digiere, o el recuerdo es la parte más firme de ella, puesto que al día siguiente se dicen en seguida aquellas cosas de que inmediatamente no se podía dar razón, y aquel mismo tiempo que suele ser la causa de que una cosa se olvide afirma la memoria. Sucede también que la memoria que es muy veloz para aprender, casi inmediatamente se desvanece, y como si nada debiese conservar para lo sucesivo, después de haber desempeñado la obligación que de presente tenía, se va como despedida. No es maravilla que se queden más impresas en el alma aquellas cosas que tardaron más tiempo en imprimirse.

De esta diversidad de ingenios ha nacido la duda de si los que se preparan para perorar han de aprender a la letra o si sólo se han de contentar con aprender la fuerza del sentido y orden de las cosas; acerca de lo cual no puede decirse con seguridad generalmente hablando.

Porque si la memoria coadyuva y el tiempo lo permite, sería bueno no dejarse ni una sílaba; porque de otra manera el escribir será una cosa superflua. Y esto es lo que con especialidad debemos procurar desde niños, y la memoria se debe habituar con el ejercicio a esta costumbre para que no aprendamos a condescender con nosotros mismos. Y por esta razón es una cosa reprensible el tener apuntadores o mirar al papel, porque esto da libertad para tener en esta parte descuido, y ninguno se persuade que no sabe bien de memoria una cosa cuando no teme que se le olvide. De aquí proviene el interrumpir el ímpetu de la acción y un modo de decir repugnante y áspero y un tono de voz semejante al de uno que aprende; perdiendo toda la gracia de lo escrito, aun cuando sea bueno, sólo porque se da a entender que se lleva escrito. Mas la memoria hace adquirir también la fama de ingenio pronto, de manera que parece que aquellas cosas que decimos no las hemos llevado de nuestras casas, sino que nos han ocurrido allí de pronto, lo cual contribuye muchísimo al buen concepto del orador y estado de la misma causa. Porque el juez admira más y teme menos lo que juzga que no se ha premeditado contra él. Y así lo que sobre todo se ha de procurar tener presente en las defensas, es el decir como cosa no estudiada aun aquello que hemos ordenado con esmero, y que parezca alguna vez que como meditando y dudando andamos haciendo a la memoria lo que llevamos discurrido. Así que a ninguno se le oculta cuál es lo mejor.

Pero si la memoria fuere naturalmente poco firme o no sufragare el tiempo, será también una cosa inútil atarse a todas las palabras, puesto que el olvido de sola una de ellas cualquiera que sea, será causa o de andar titubeando vergonzosamente o también de no poder hablar más palabra. Y es mucho más seguro dejarse uno a sí mismo libertad en las palabras después de haber aprendido bien las mismas cosas. Pues cada uno se olvida, mal de su grado, de aquella palabra que había elegido y con dificultad sustituye otra mientras discurre aquella que había escrito. Pero ni aun esto sirve de remedio a una memoria débil, sino en aquéllos que han adquirido alguna facilidad en decir de repente. Y si alguno careciere de lo uno y de lo otro, a éste le aconsejaré que se deje enteramente del trabajo de las defensas judiciales, y si tiene alguna literatura se dedique más bien a escribir. Pero serán muy raros a quienes suceda esta infelicidad.

Mas de cuánto sirva la memoria con la naturaleza y el estudio es buen testigo Temístocles, el cual se sabe que en el espacio de un solo año habló perfectamente la lengua pérsica; o Mitrídates, de quien se cuenta que aprendió veintidós lenguas cuantas eran las naciones sujetas a su dominio; o aquel rico Creso que siendo gobernador de la Asia, de tal manera aprendió los cinco diferentes dialectos de la lengua griega, que en cualquiera de ellos en que le pedían justicia se la hacía, respondiéndoles en el lenguaje mismo; o Ciro, de quien se cree que sabía de memoria los nombres de todos sus soldados. Mas de Teodectes se dice que repetía inmediatamente de memoria los versos que una vez oía por muchos que fuesen. También decían que aun ahora había quienes hiciesen otro tanto, pero nunca me ha sucedido presenciar yo por mí mismo un lance de estos; sin embargo, se debe dar algún crédito, aunque no sea más de porque el que lo creyere tenga algunas esperanzas de conseguir en algún tiempo igual memoria.


Para citar este trabajo, utiliza la siguiente referencia:
SEBASTIÁN PASCUAL, Luis. Breve historia de la mnemotecnia [en línea]. Texinfo ed. 1.2. Mnemotecnia.es, Febrero 2014 [ref. de 24/11/2020]. Disponible en Web: <https://www.mnemotecnia.es/bhm>.

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