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La pastilla verde
Sinestesia
Sinestesia

En los estudios de la memoria siempre surge el nombre de un personaje muy peculiar, Solomon Shereshevsky, cuya historia conocemos gracias al libro del psicólogo que le trató durante casi treinta años, Alexander Luria (la última edición en español es de KRK, Pequeño libro de una gran memoria, 2009).

Aquí se relatan las peripecias del paciente S (Shereshevsky) cuya singularidad es que era incapaz de olvidar nada. Cuenta Luria, por ejemplo, como S podía reproducir sin dificultad una lista de palabras oída una vez quince años atrás, añadiendo además detalles de la habitación, donde estaban sentados, la ropa que vestía Luria aquel día, etc.

Se ha especulado que esa excepcional memoria fuera consecuencia del alto grado de sinestesia que S mostraba.

La sinestesia, por explicarlo brevemente, es cuando la información que llega de los sentidos está cruzada, mezclada, interrelacionada: una persona sinestésica, por ejemplo, puede sentir un sabor amargo al tocar algo rugoso, oler a rosas al oír cierto sonido, etc. El paciente de Luria, por ejemplo, contaba como una ocasión quiso comprar un helado, pero la voz de la vendedora le sonó a carbón, negras cenizas… y se le fueron las ganas de helado.

La idea es que si un número, por poner el caso, tiene determinado olor, sabor, sonido, etc. dejará muchas impresiones en la memoria, de modo que será fácil recordarlo a partir bien de su forma, bien de su olor, su sabor, etc. Sería algo así como la teoría de la codificación dual de Paivio pero expandida (véase La pastilla verde, capítulo 14, pág. 143).

De ahí que en mnemotecnia se aconseje que, cuando quieras acordarte de algo, prestes atención no solo a la forma, sino también al color, al tacto, al olor o sabor (si lo tiene), al sonido al ser golpeado… es decir, que captemos las impresiones que nos llegan desde todos los sentidos, no solo la vista (que suele ser el predominante).

En pocas palabras: a la hora de memorizar, cuantos más sentidos estén implicados, mejor.

Por cierto, se ha postulado que aun siendo común en niños, son muy pocas las personas que conservan algún grado de sinestesia al llegar a la edad adulta. Afortunadamente, parece ser, pues para S suponía una pesada carga: por ejemplo, al leer un texto, cada palabra le evocaba un sabor, un sonido, una imagen… y al poco su mente se colapsaba con tantas impresiones, a menudo contradictorias, suponiéndole un terrible esfuerzo tratar de entender el texto.

Seamos pues precavidos antes de empezar a envidiar cualidades que –por suerte, seguramente– no tenemos.

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